17 abril, 2016

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Hace poco me comentaba una enfermera de Clínica Diagonal que le había llamado la atención un pequeño gesto que siempre hago en quirófano.

Y es que siempre doy la mano a mis pacientes mientras se quedan dormidos durante el proceso de anestesia. Soy consciente de que este gesto no es demasiado habitual entre los cirujanos pero para mí es algo primordial.

La relación médico-paciente es algo muy estrecho que no debe tomarse a la ligera. Una buena relación de honestidad y de confianza es primordial para que el paciente quede totalmente satisfecho con el resultado de la intervención. Para mí, estrechar la mano de mis pacientes mientras la anestesia va haciendo su efecto es una muestra más de esta relación de confianza que debe establecerse.

Algunos cirujanos y algunos anestesistas me han comentado muchas veces que, a causa de la medicación que administramos antes de la anestesia, esos minutos en quirófano antes de quedarse dormidos se vuelven muy borrosos y que difícilmente mis pacientes van a poder recordarme sosteniendo su mano. Algunos de estos compañeros incluso han llegado a decirme que es una “pérdida de tiempo” que podría emplear en preparar el instrumental o en escribir algún informe.

Pero la realidad es que muchos pacientes me han comentado cuando les voy a visitar a la habitación, horas después de la cirugía, que recuerdan perfectamente mi mano sosteniendo la suya, contribuyendo a hacerles sentir más tranquilos y relajados en un momento que habitualmente está lleno de incertidumbre e incluso miedos como es el momento de la anestesia. Es cierto que no todos mis pacientes recuerdan este gesto; pero sólo que un pequeño porcentaje de ellos afirme que mi mano ha conseguido transmitirles confianza y seguridad en ese instante hace que merezca la pena hacerlo siempre.

Al fin y al cabo, muchas veces nos centramos en las grandes cosas y nos olvidamos de los pequeños gestos que no cuestan nada y que, a veces, valen mucho.